En pleno “año Hindemith”, con motivo de la conmemoración del medio siglo de su fallecimiento, Naxos adelanta dos volúmenes de lo que—a falta de los Cuartetos Primero y Cuarto—ha de ser grabación completa de la producción del compositor para esta formación; no andamos sobrados de integrales discográficas (Juilliard/ Wergo, Kocian/Praga), y aunque la competencia de estas dos alternativas sea notable, la muy buena toma sonora y la precisión y empaste de las versiones robustas y profundas del suizo Amar Quartet, creado en 1995, avalan una propuesta más que meritoria, a la que parecían abocados al tomar por nombre el del cuarteto instituido por el propio Hindemith en los años de la República de Weimar.
Y es que el compositor de Fráncfort conocía como pocos la naturaleza del género, y recorrer su concepción cuartetística es también pasear por su trayectoria estética, como subraya Giselher Schubert en sus informadas notas. Las claras influencias de Brahms, Reger o Dvorák en el Cuarteto nº 2 op. 10 (1918), en términos de rigor constructivo (Sehr lebhaft, straff im Rhythmus), elegancia neoclasicista (Thema mit Variationen) y vigor rítmico (Finale), se decantan en el Cuarteto nº 3 op. 16 (1920), estrenado en el primer festival de Donaueschingen, en una voz ya personal, de ásperas armonías, característico motorismo, peso del contrapunto y lirismo latente, tan melancólico como “objetivo” (Sehr langsam). Por momentos—esas células tajantes, los ataques impetuosos…—es Janácek quien viene a nuestra memoria, palabras mayores si de cuartetos modernistas hablamos…
La densidad polifónica del Quinto Cuarteto, fechado en 1923 y ya concebido para “su” Amar Quartett, es marca de la casa: la versión acierta a traducir la plenitud enérgica de su doble fuga inicial, la nostalgia agridulce del movimiento lento y el espíritu burlón, más ingenioso que sarcástico, de su Passacaglia conclusiva. Y aunque las dos últimas contribuciones de Hindemith pertenezcan ya a su etapa americana, tan minusvalorada por la crítica, resulta difícil no rendirse a su mayor concisión formal y a la austeridad de sus paisajes sonoros (Cuarteto nº 6, 1943, Very quiet and expressive) y no saludar en el divertimento pedagógico del Séptimo Cuarteto, dos años posterior, la mirada retrospectiva, satisfecha y abarcadora de un maestro que har