No obstante, en 1855, tras haberse instalado en París con su segunda esposa, Olympe Pelissier, Rossini experimentó nuevos deseos de componer. Así pues surgirán un buen número de canciones –para solistas y para conjunto vocal- y piezas para piano Pecados de vejez las llamaba, compuestas por placer y para entretenimiento de los numerosos invitados que le visitaban en su villa de Passy: Aubert, Gounod, Liszt, Meyerbeer, Saint-Saëns, Verdi; escritores, diplomáticos, políticos...
En algunos libros de memorias encontramos testimonios de la animación que presidía estas reuniones. Por estos comentarios sabemos que Rossini tocaba el piano a la perfección y sin esfuerzo, su ejecución era precisa sin caer en la sequedad, parco con el pedal y sensual en la expresión sin caer en el amaneramiento. Aunque los Rossini en los Samedi soirs recibían en privado a no más de una docena de invitados, hacia las 8.30 comenzaba lo que ellos llamaban las “veladas de gala”, en donde el público elegante podía servirse bocados poco apetitosos, provenientes de regalos largamente acumulados que le hacían a Rossini desde todos los rincones de Europa, mientras que el apolillado perro de Olimpe deambulaba entre los comensales. Rossini tendía a distanciarse del bullicio, retirándose a una habitación cercana con algunos invitados especiales, entre los cuales nunca faltaba el solícito príncipe Michele Carafa (1787-1872), un compositor napolitano que hoy nos es prácticamente desconocido. Sabemos del programa de bastantes veladas, porque muchos fueron impresos: la mayor parte eran obras de Rossini, pero también se incluían piezas de Mozart, Gounod, Verdi, etc. Asimismo otros músicos interpretaban al piano sus composiciones; allí estrenó Liszt las dos impresionantes leyendas, San Francisco de Asís predicando a los pájaros y San Francisco de Paula caminando sobre las aguas.
Las numerosas piezas de Rossini para piano solo, de escritura impecable, a menudo interesantes por su gracia e ingenio, a veces reflejan un humor mórbido y tosco, cuando no enigmático. ¿Y qué decir de sus títulos, que deben haber disuadido a más de un concertista a interpretarlas?: Improntu anodin, Ouf! Les petites pois, Etude asthmatique, Valse anti-dansante, Prélude convulsif, Prélude pétulant-rococo... En cualqui